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Derechos Reservados Indautor

Escribe: Gustavo Hernández Larrauri


La experiencia




Virgilio, cerró los ojos, los abrió fijos en el horizonte y fijó el rumbo sin
rumbo.  Su silueta, su mano derecha y a su imagen y semejanza entrelazados de
las manos caminaron y caminaron, Virgilio ya con la experiencia, de lo dorado,
de lo café, de lo gris, de las siluetas semejantes, el papel en blanco, de lo
plateado, del mundo multicolor, del papel, de la madera reverdecida, de la
madera podrida,  de la del reflejo del espacio,  la de la negrura de la noche y
del rojo anaranjado, siguieron el rumbo sin rumbo, entre estrellas, entre aires,
entre mares, entre ríos, entre lagos, entre flores, entre noches, entre
amaneceres, entre abismos y entre cúspides, Sintieron lo dorado, lo plateado, lo
café, lo gris, el sabor de la madera podrida, el sabor de la madera fresca,  lo
negro, el papel en blanco y el aprecio de las siluetas semejantes.



Las alas



Poco a poco vieron que en sus espaldas algo poco a poco crecía, era algo
blanquecino cual copo de nieve, era  frágil cual papel, era  fuerte como el
viento,  poco a poco los elevaba, eran sus primeras alas y con esas alas,
emprendieron el rumbo sin rumbo entre las estrellas, entre lo más profundo de
las nubes y en lo más sublime del cielo, volaron durante horas, durante días,
durante noches, al volar y volar sus alas se expandían al igual sus espíritus,
al igual que sus mentes, al igual que su cuerpos, volaron cada vez más, entre el
brillo tenue de estrellas, entre el brillo fuerte de los astros, se   subieron
en cometas, volaron de planeta en planeta, a veces buscando, a veces buscando
nada, a veces encontrando, a veces encontrando nada, a  veces, simplemente a
veces.



El llanto




Al  abrir los ojos Virgilio, sintió nuevamente el correr de gotas de agua en sus
mejillas, comprendió lo que era el llanto, su silueta, su mano derecha, su
silueta a su imagen y semejanza, tal vez de tanto volar, tal vez de tanto soñar
se sumieron en un cansancio  inexplicable, algo desconocido para   ellos, en lo
incomprendido,  algo no sentido jamás,  poco a poco daban pasos, poco a poco
daban de aletazos, poco a poco se acababan, poco a poco se desgastaban, poco a
poco se enfermaban, a veces del alma, a veces de espíritu. A veces de lo físico,
simplemente sentían que su ser se atormentaba, se aferraban a la vida, se
aferraban a vivir cual garra  que arañaban las entrañas. Uno a uno, otro a otro,
se debilitaban, comprendieron lo que era vivir en el dolor, en la desesperación,
en la laceración, en la enfermedad. La balanza de la vida los puso dentro de la
vida y de la muerte, entre el comienzo y el fin terrenal, entre poder
comprender, si a veces entre estrellas, entre mares, entre ríos, entre lagos,
entre llantos, se podía pedir a un ser superior. Virgilio sintió que ni sus
gotas de agua, ni sus nuevas alas, tal vez lo podían alcanzar. Echó mano del
tiempo, se aferró de la mano del correr del tiempo, echó mano del camino andado,
se aferró de mano de todo lo soñado, poco a poco, lentamente, con suavidad
fueron sanando, sanando, a veces del alma, a veces del espíritu, a veces de lo
físico, a veces solamente a veces.





La Materia




Virgilio, volvió a cerrar los ojos, los abrió después de un tiempo. Al abrirlos
vio cómo en aquellas sillas, que su cuerpo se llenaba de cosas que lo inundaba
inmensamente, cosas, que saciaban su cuerpo, sintió hambre, vivió siempre del
suspiro del viento, siempre vivió de ilusiones. Esta vez algo al igual que la
sed atosigaba su cuerpo al igual que la sed a su garganta, sentía que quería más
y más, que su cuerpo se llenaba, de todo lo dorado y lo plateado. Sentía que eso
lo atestaba  más y más, a su silueta, a su mano derecha y a su silueta a su
imagen y semejanza,  al igual que la sed por vez primera sintiera, lo ahogaba en
su propio ser, en su propia hambre. Volvió a buscar en las estrellas, en la
ventisca, en el mar, en el río, en los lagos, en todo lo pasado, más no
encontraba saciar esa hambre a lo dorado y lo plateado; cerró los ojos un
momento a fin de encontrar la respuesta a su voraz apetito. Al abrirlos sintió
que a sus ojos algo lo cegaba y lo cegaba a igual que lo dorado y   lo plateado,
logro mirar hacia el horizonte y por vez primera no lo encontró, se vio envuelto
en un inmenso desierto tan luminoso que siempre lo cegaba, lo perturbaba, poco a
poco  se hundían en un su propio abismo, se convirtió en el hambre que no podía
saciar, en el hambre que lo deshonraba, en el hambre que lo hacía cada vez más
criminal, en esa hambre que a su cuerpo no lo saciaría jamás,  se encerró más y
más en ese desierto que lo hundía en su propio ser, se quería volver loco de
ansiedad, se vio más y más sólo, se dejó llevar por ese resplandor hasta la
saciedad, mas de  pronto  aquel resplandor se acabó, por momentos quiso otra vez
llorar y llorar, pero aquello que tanto lo deslumbró, que luego lo envileció,
poco a poco y en un suspiro de tiempo, el mismo tiempo puso fin a esa angustia,
sintió y un alivio inmenso, fijó la vista en el rumbo sin rumbo, levantó la
vista, volteó a su derecha, sólo encontró a su silueta, a su mano derecha, a su
imagen y semejanza, ahí solo encontró que otra vez su alimento fue el suspiro
del viento y el poder de la  ilusión, a veces por vivir, a veces por existir, a
veces, sólo a veces...






La dureza




Virgilio, se levantó del fango, rompió las cadenas, emergió de las tinieblas,
levantó la vista, miró hacia el horizonte, esta vez fijo su mirada en el
destino, volteó a su derecha, vio a su mano derecha, a su silueta a su imagen y
semejanza, se logro ver, tal vez un poco dentro de sí  mismo, vio el reflejo de
sus sienes ya plateadas, abrió los ojos ante el destino, miró que poco a poco se
acortaba, Virgilio, su mano derecha, su silueta a su imagen y semejanza
retomaron nuevamente el rumbo sin rumbo, caminaron durante días, durante noches,
en el espacio, en la tierra, entre estrellas, entre nubes, esta vez desde las
nubes, logro ver que muchas siluetas, contornos con sombras se golpeaban, se
lastimaban, lo rojo anaranjado prevalecía en medio de ellas, existía lo dorado,
lo plateado y la negrura, no lograba comprender la razón de tal visión, mientras
lo dorado y lo plateado se acercaba, contornos a sombras encadenaba, mientras
más y más dorado lo adoraban, más siluetas  se mataban, una gama de colores
salían de ellas, rojos, negros, verdes, a veces blancas se elevaban entre
estrellas, una a una tomaban rumbos diferentes, a veces, vagaban sin rumbo, a
veces se precipitaban al fondo de la tierra, a veces, sólo a veces cada una
suspiraba, por vez primera vio de cerca un instante, no sabe cuanto tiempo se
sentó en esa nube, volteó a ver a su mano derecha, a su silueta a su imagen y
semejanza, temió que esa negrura los alcanzara, que esa gama multicolor los
tocara, pasó días, pasó noches, pasó tal vez una eternidad y no lograba
comprender, tan sólo le bastó ver un segundo dentro de él, y comprendió que
estaba en su ser, dentro de él mismo esa razón de ser.



El suspiro de un instante




Virgilio, abrió los ojos nuevamente, miró hacia el horizonte, fijó el rumbo sin
rumbo en un rumbo fijo, su mirada se perdió, tal vez de tanto ver o por lo que
le faltó entender, con lo poco que le quedaba de vista, a imagen y semejanza de
aquél  amanecer, vio en el horizonte, el ocaso al igual que aquel, entre la
tierra y el cielo se mezclaba lo luminoso con lo oscuro, sintió que sus alas,
aquellas alas que por vez primera sintiera en sus espaldas, se acrecentaban.
Cerró los ojos, logrando ver dentro de su propio ser en un pequeño instante,
miró dos siluetas que a su imagen y semejanza eran donde el provenía, se vio
envuelto otra vez en sueños líquidos, en un cascaron de miedo, ahora no por
comenzar el camino sino  por empezar el nuevo rumbo, volteo a ver a su mano
derecha, a su imagen y semejanza, logro ver que una imagen de vida por vez
primera abría el cascaron y empezaba el rumbo sin rumbo, aquel rumbo sin rumbo
que tanto temía, entendió que lo mejor para él fue  abrirlo, vio a su mano
derecha, se entrelazaron de cuerpo y alma, juntos empezaron el nuevo rumbo, sus
alas aleteaban más y más  se disiparon los miedos, se disiparon  los temores,
por primera vez voló con rumbo fijo, levantó la vista al cielo y fue cuando
Virgilio voló entre el suspiro de un instante.
 
A MIS HIJOS Y MIS NIETOS

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